Es un gigante de piedra que empuja
las aguas del mar dos veces al día, cada seis horas. Las empuja de tal manera
que produce una gigantesca y amenazadora onda sobre la extensa playa que ha
quedado por el retiro de las aguas. Las empuja con desesperación, porque busca
a la ondina que ama desde hace muchos años y que ha perdido un día entre la
espuma. Cuando se cansa de empujar, las aguas se alivian, se reacomodan y vuelven
a moverse acompasadamente a un lado y a otro. Y el gigante se tira, rendido, en
la orilla, adoptando el aspecto de una montaña, a dormir una de sus siestas de
seis horas, entre los vuelos de las atrevidas gaviotas y las caricias de las
algas de colores. No se sabe si algún día el gigante encontrará a su enamorada,
y las aguas del mar siguen subiendo y bajando, impulsadas por sus palmas
enormes y bondadosas.
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